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Luis Garay: Entre lo coreográfico y lo no coreográfico, ¿Estamos hablando de danza?

¿Qué es la danza? Es una pregunta simple, pero que en la búsqueda de un significado tiene muchas variaciones. Una de las definiciones que más se repite es el concepto de danza proveniente del francés antiguo “dancier”, el cual entiende la danza como un arte donde se realizan secuencia de movimientos corporales que van acompañados de manera rítmica frente a la música. La danza es una forma de expresión y en otros casos, una forma de comunicación. Si pensamos en tiempos primitivos, podemos reconocer en esas primeras ilustraciones hechas por los primeros hombres, seres en distintas posturas, chocando palmas o pies al suelo, al lado de figuras que asemejan la naturaleza; el sonido del viento, una tormenta, entre otros. De manera más general, la definición de la RAE con respecto a la danza estima que esta es la “acción de bailar” y la definición de bailar como: ejecutar movimientos acompasados con el cuerpo, brazos y pies; moverse sin salir de un espacio determinado; girar rápidamente en torno de un eje manteniéndose en equilibrio sobre un extremo de él; retozar de gozo; desplazarse a un lugar no adecuado.

Hace algunos días, como parte del Ciclo de Danza Contemporánea OtroSur -que este año presentó su 3era versión desde 2015-, en el Centro de Creación y Residencia NAVE se presentó la obra del artista nacido en Colombia y radicado en Argentina, Luis Garay: DAIMÓN, y la pregunta por sobre sí es lo coreográfico y la musicalidad lo que compone las líneas de la disciplina más contemporánea parece ser la más adecuada de responder. 

La premisa de DAIMÓN es simple: esta es una danza de resistencia y una escultura a la lucha, donde en escena se presenta un cuerpo entrenado en alguna disciplina de alto rendimiento (como podría ser el box o el kung fu), sin música y sin artefactos. En DAIMÓN, Garay explora la creación de un paisaje que nos permite pensar el cuerpo desde su fragilidad y la fuerza de un movimiento específico.

Doris Humphrey, figura relevante de la danza moderna, en el libro “El Arte de Crear Danzas”  establece que la danza tiene un “oficio coreográfico” donde el movimiento va más allá de la interpretación que debe “trascender procedimientos intuitivos”.

¿Podemos entonces decir que un cuerpo entrenado en escena que explora la disciplina desde otro campo es una pieza de danza? O que si no compone una serie de movimientos asociados a la tradicionalidad, ¿no entra en el campo de las artes escénicas?

A la hora de pensar en danza, cada persona puede tener una interpretación y su mente apela a ciertas líneas: para algunos es el ballet aquello que marca la pauta sobre el significado de la danza, para otros puede ser la danza contemporánea, y otros las danzas rituales o folclóricas. De todas maneras, ninguna es correcta por sobre la otra.

Lo que sí, es que esa definición que alguna vez nos otorgó Humprhey ha mutado, desde un cuestionamiento de si podemos entender las disciplinas de las artes escénicas de manera aislada y como líneas ajenas las unas de las otras que no se trastocan. Es decir, ¿una pieza de danza que tenga texto puede ser solo eso? o, ¿cae en las líneas del teatro? ¿Debe tener una pieza música para ser danza? ¿Son las nuevas tecnologías maneras de intervenir la danza para generar nuevas piezas y concepciones “contemporáneas” de esta disciplina y crear nuevos híbridos?

Esto es lo es que nos propone Garay con DAIMÓN: un dispositivo que explora conceptos como

«natural» y «aprendido», y el punto donde algo aprendido se convierte en naturaleza.

Hay un erotismo en la sumisión a un objeto, una idea o a una entidad, al sin sentido, que podría ser el espejo de una fuerza ciega y contemporánea llamada deber. DAIMÓN explora esta violencia del deber pero también un tipo no normativo de placer que está inherente en él, separado de connotaciones psicológicas y hasta del ego. Y es en este punto que volvemos a los cuestionamientos anteriormente planteados, con respecto a si un cuerpo desde el “deporte” puede entrar en las líneas de la danza, es decir de lo “coreográfico”.

En la actualidad, otros académicos y los mismos artistas que componen estos nuevos híbridos y cruces entienden que estas nociones instauradas en sl siglo XIX y XX han mutado para comprender la danza desde el eje de la creación como una asimilación constructiva de elementos preexistentes que busquen satisfacer deseos estéticos que ya no responden al individuo y su imitación, sino al colectivo y la experiencia social en tiempo real, no desde la réplica sino desde la verdad del cuerpo en escena.

Si la creación es la problemática central del arte, entonces Garay nos provee con una propuesta sensible donde su “danza” se posiciona como una imagen dinámica que concibe, como explica la filósofa Susanne K. Langer, la “creación como la formulación del artista en una realidad subjetiva objetivada, que expresa el sentimiento humano”.