Uberto Sagramoso: La mirada que acompañó a Los Jaivas

Por: Camilo Oyarzún

 

Hablar de Uberto Sagramoso es entrar en la vida de un fotógrafo legendario: autor de portadas icónicas de la música latinoamericana y testigo visual de momentos decisivos en la historia reciente, como la guerra civil entre México y Guatemala en los años 80 y 90, la llamada “Guerrilla Maya”.

 

Uberto inició su camino muy joven, moviéndose entre el fotoperiodismo, la fotografía musical y el efervescente mundo cultural de Buenos Aires, donde fue parte de la mítica revista Expreso Imaginario.

 

Autor de los libros Era solo Rocanrol (2004) y su nuevo título Personajes, publicado recientemente, donde desentraña una mirada a todas sus facetas. Luego de más de veinte años radicado en Estados Unidos, vive actualmente en Chubut, Patagonia Argentina, donde ya suma otros veinte años de vida e historias.

 

Hoy, revisa su vínculo con Los Jaivas —amistad, proyectos, anécdotas y fotografías que forman parte de la memoria visual del grupo— y también habla de música, de oficio, de creatividad y de la vida misma. Con la lucidez que lo caracteriza, nos abre una puerta íntima a sus memorias.

 

¿Cómo conociste a Los Jaivas? ¿Qué vibra te transmitían? ¿Había afinidad en la foto? 

Los conocí poco tiempo después de llegar a la Argentina, para el ’74, por medio de la amiga chilena Claudia Eppelin, que nos llevó a un concierto en una universidad. En ese tiempo yo hacía teatro y era bastante cercano con Pajarito Canzani de Aguaragua y su compañera, la Fernanda. Además, yo estaba ya metido en el fotoperiodismo (…) entonces había un cruce natural. No viví con ellos en comunidad ni nada así; nos movíamos en espacios cercanos, con mucha gente del ambiente artístico que se iba conociendo entre sí con la movida rioplatense. 

 

Los Jaivas eran tipos muy simpáticos, muy cariñosos. Yo era muy cercano al “Piola” Hernán Poblete y a René Olivares —que Dios lo tenga en su gloria— porque venían a hacer sus cosas en nuestro cuarto oscuro. Hacíamos sesiones para afiches de conciertos, cosas así. Había mucha onda ahí de fotografía. Con Gabriel nos hicimos muy amigos, con Claudio y Gato también. Hicieron algo muy distinto a lo que se acostumbraba por ese tiempo en Argentina, era muy novedoso y atractivo. Acá lo que se conocía en cuanto al folklore eran cosas como Atahualpa Yupanqui y así, pero no mucho más, y Los Jaivas le dieron un vuelco, aportaron algo nuevo, por eso mismo acá los quieren mucho en Argentina. Aparte, a mí siempre me gustó la música, entonces me encantó lo que hacían. En lo personal, creo que fue en esos primeros tiempos cuando el sonido del grupo alcanzó un nivel muy potente. Eran interesantes y creativos, muy diferentes a lo que hicieron después en el tiempo.

 

¿Qué pasó con la llegada de la dictadura Argentina?

En los últimos meses todo estaba muy disperso y convulsionado con la llegada de los milicos, de esos tiempos, hubo situaciones anecdóticas como la del “Popul Bus” (narrada en el artículo de La vereda del sol) pero también hubo cosas feas, como el arresto a Eduardo. Era difícil albergar una tribu tan grande como la de Los Jaivas; entonces vivían repartidos en casas de amigos, conocidos, familias de alguien. Todos la pasamos bastante mal.

Y bueno, finalmente llegó el momento en que todos partimos a otros destinos. Ellos partieron a Francia en aquel barco… Era un barco enorme, de cuando se usaban mucho los viajes marítimos, con una despedida totalmente multitudinaria. Se fueron todas las familias. Yo me fui a Colombia, luego a México y finalmente a Estados Unidos.

 

Sobre las fotografías:

Argentina – Zárate / Belgrano / San Isidro:

 

¿En qué contexto de vida fueron tomadas?

Yo trabajaba en fotoperiodismo y Los Jaivas estaban instalados en una casona de San Isidro. En ese momento yo hacía foto para “El Expreso Imaginario”.

Esas (las fotos) deben ser, a ver… Si no son del 75, deben ser del 76. Las sesiones con Los Jaivas eran muy entretenidas, había siempre mucha buena onda y se daba –viste– una cosa linda, de mucha risa y fraternidad. De la nada se armaban improvisaciones de música, andaban siempre con los instrumentos cerca. Aparte ellos tenían buena noción fotográfica, entonces era fácil hacerles foto. 

 

¿Qué cámaras y película usabas?

Usaba una Nikon F2 y F3. Siempre usé Nikon, hasta el día de hoy, por los objetivos y todo. Te diría que el 80% de los fotógrafos profesionales de esa época en Argentina usaban Nikon; recién después fueron entrando Canon y otras marcas así. Kodak Tri-X 400: siempre usé, me gustaba porque la podías forzar varios stops… a 800-1600 y te daba un contraste genial. Por esa latitud que te entrega, su grano visible súper presente, nada que ver como esas películas que fueron saliendo después con ese micrograno finito y pulcro. De ahí que también viene mi gusto por David Bailey, el fotógrafo de las primeras tapas de los Rolling Stones. También hicimos fotos en 6×6 (120) con una Rolleiflex que yo tenía. Hubo una foto que hicimos para un afiche, que Albertito llegó tarde y no estuvo, entonces hubo que hacer un fotomontaje con una foto de él solo, para que apareciera en la foto, que la hicimos en un taller de edición, y lo pusimos ahí en el aire en un trapecio dibujado, en una posición medio extraña, superpuesto. Una cosa muy loca, pero resultaba bastante interesante. –se ríe–

 

Luego, a mediados de los 80 se volvieron a encontrar en Estados Unidos…

Eso fue cuando yo ya vivía en Nueva York. Yo trabajaba en agencias de periodismo, con los gringos (…) entonces hacer fotos de música era casi una forma de escapar de esa exigencia y tensión. Como con Charly, por ejemplo, que nos juntábamos, hacíamos fotos, salíamos y todo. Ellos andaban de gira y ese día tocaban en el Carnegie Hall. 

 

 

…Francia, París (Gato a orillas del Río)

 

Eso fue en 2002, poco antes de la muerte del Gato. Nos juntamos porque yo estaba entrevistando músicos para el primer libro de fotos que estaba haciendo (Era solo Rocanrol, 2004) y viajé. Ahí hice las fotos del Gato en el río Sena con el Notre-Dame de fondo. Después nos fuimos todos a compartir a un barcito muy lindo a las afueras de París, que era como un palacete, con parques y chicos corriendo por ahí… Estaba René también, me acuerdo. Las fotos las hice con una Hasselblad 500c, que fue la primera cámara que compré cuando llegué a los Estados Unidos, la quería mucho. En Argentina, para un fotógrafo era un sueño dorado tener una Hasselblad, y cuando llegué pude por fin. Esa misma cámara que usé para la última foto que le hice al Gato, es la que usé en la tapa de Clics Modernos de Charly. 

Si tuvieras que definirte como un “tipo de fotógrafo” ¿Qué dirías?

Yo pienso que soy un fotoperiodista. Siempre me interesó capturar el momento. Lo técnico no es lo más importante para mí. Es como lo que pasa con la circunstancia, capturar la esencia más allá del aspecto visual de quien está posando, es la situación. Es ese microsegundo en que apretás el botón para hacer la foto y algo está pasando, ese es mi enfoque creo. Más allá de las bases tradicionales de la fotografía, que están, pero muy en segundo plano. En lo personal desde muy joven me influenció mucho Henri-Cartier Bresson, esa mirada documentarlista y también muy espontánea me llevaron a comprender la fotografía desde ese punto de vista.

Eres un fotógrafo conocido, sobre todo por lo que hiciste con Charly, Fito, El Flaco e incluso personalidades como Charles Mingus o Allen Ginsberg. ¿Cómo ves hoy en 2025 tu legado al arte, la música y la fotografía? 

Te digo algo, no siento que haya tal vez un gran legado, es más una cuestión de documentar lo que pasa –viste– porque la creatividad es algo muy espontáneo, de esa base se construye, de lo que está pasando. Charly, por ejemplo, era un tipo muy creativo y consideraba mucho la opinión del resto. A mí, me preguntaba ¿Qué opinaba yo? ¿Qué se me venía a la cabeza? Estaba siempre muy abierto a cambiar las cosas en el último momento. Eso de que de golpe apareciera una idea que calzaba mejor, no tenía ningún problema en tomarla. Por ejemplo en el caso de la tapa de Clics Modernos, el disco no se iba a llamar así, se iba a llamar “Nuevos Trapos” y cuando en la noche revelamos las fotos en el laboratorio y las vimos en la hoja de contacto, nos dimos cuenta de que la que pensábamos, no era la que tenía que ser, y la que quedó, fue la última que hicimos, que era una improvisación total.


Está bárbaro todo lo de “Clics Modernos” y lo que hicimos con Charly en “Parte de la Religión”, pero a veces eclipsa otros trabajos interesantes, a nivel profesional ¿No? Por ejemplo hace poco, después de 50 años, se reeditó el registro de Charles Mingus en Buenos Aires del ‘77 en el Coliseo, con una banda increíble que trajo Mingus. Ese disco lo grabó Carlos Melero y suena increíblemente bien. Usaron mis fotos para la parte interior de la tapa; para la portada no, porque yo no tenía color y querían foto en color entonces usaron las de una agencia. Pero también está re bueno, porque las de Charly llegaron –ponéle– a tres millones de personas, y estas otras a tres –se ríe– pero está bien también desmarcarse de lo más conocido.

¿Algo que sientas que se perdió o eches de menos? ¿Qué quiere comunicar tu foto?

No sé si es algo que se haya perdido, pero si cambió todo, fue la llegada de MTV… eso abrió una puerta a la democratización de lo visual. De repente ya no importaba en la estética si la luz era perfecta, si la exposición estaba clavada, si el horizonte se caía un poco o no. Eso estuvo buenísimo. Pero también generó cosas que eran una porquería. –Qué sé yo… pobres– Igual siempre hay cosas que están buenas, siempre hay de todo. Y eso es parte del juego también. Si tuviera que comunicar algo en mis fotos, sería la esperanza, que incluso en los momentos más oscuros, algo hay que da para entender que hay cosas por qué vivir, que hay un universo para hacer cosas, que hay cosas ahí pasando.


Yo con Los Jaivas aprendí muchísimo… Aprendí que existía música que no era el típico rock tradicional, que tenía algo distinto que te recorría desde los pies, que te llevaba a otros lados con sus ritmos y armonías. Con el Gato conversábamos mucho de música, y con los años incluso supe que él era un ávido amante del Jazz, y que era re fan de Charlie Parker como yo –carcajea– con lo mucho que no quisiera admitirlo. Tengo muy lindos recuerdos de todos ellos hasta el día de hoy, fue una experiencia de vida increíble.

 

Conversar con Uberto Sagramoso fue un verdadero privilegio. Conocer una persona cariñosa, carismática, con una gran sensibilidad, una carga infinita de historia y memoria afilada. Pero por sobre todo una enorme e increíble disposición. Una persona con una tremenda lucidez social y humana que abrió una puerta a sus memorias.

 

Uberto no habla desde el pedestal, sino desde la vida vivida, desde la convicción de que la creatividad nace del encuentro, del azar, de la curiosidad. Al cerrar esta conversación, queda claro que más que un fotógrafo, estamos frente a un testigo privilegiado que supo, con humildad y maestría, capturar el alma de una época y de las personas que la hicieron posible.

 

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