«Queremos que Blanc sea comunidad, no una marca con seguidores»: David D’Eboli y los diecisiete años de Blanc!
- David D’Eboli, cofundador del festival junto a Raúl Ramos, repasa diecisiete años de historia: de un evento amateur en Vilanova i la Geltrú a un festival que hoy recibe a grandes figuras en el mundo del diseño.
Corría 2009 en Vilanova i la Geltrú, una ciudad de setenta mil habitantes a cuarenta kilómetros de Barcelona, y dos amigos sin experiencia organizando nada montaban su propio evento en un auditorio para doscientas personas. Eran ellos quienes estaban en la mesa de acreditaciones, poniendo pulseras a cada asistente. Cuando la sala se llenaba, subían al escenario. No había director, ni CEO, ni protocolo, había dos diseñadores haciendo lo que podían. Ese festival se llamó Blanc!, y diecisiete años después sigue reconociéndose en esa misma imagen, aunque hoy reciba a diseñadores como Paula Scher o Stefan Sagmeister.
David D’Eboli, cofundador del festival junto a Raúl Ramos, cuenta que Blanc! no nació de un plan. Antes hubo otro intento: en 2002, siendo estudiantes, armaron «Octubre del Diseño», un evento que llenaba todo un mes en Vilanova mientras Barcelona vivía su año del diseño. Duró tres años y se apagó en 2006 por lo que suele apagar los proyectos jóvenes: poca gente, cero estrategia, mucho amor al arte. La idea volvió en 2008, casi por accidente, en un evento de Domestika en Madrid, cuando a David y Raúl «les entró el gusanito» de intentarlo otra vez, esta vez solos los dos, y en un formato mucho más liviano: no un mes entero, sino un fin de semana.
La sorpresa llegó rápido. Pensaban crecer despacio, desde Vilanova hacia los alrededores. En cambio, las entradas de la primera edición se agotaron. «No hubo una idea inicial estratégica», dice David. «Sino que dos chavales decidieron hacer un evento.»
Lo que se mantuvo desde entonces, insiste, es la esencia: esa falta de ego, esa cercanía de marca que nació porque ellos mismos eran así. Con los años, sostiene, la marca ha evolucionado, pero su esencia sigue siendo la misma: cercanía, sencillez y una naturalidad que siempre estuvo en quienes la levantaron. Lo que cambió fue todo lo demás. La primera vez que trajeron a Paula Scher, la diseñadora gráfica más reconocida del mundo según David, la alojaron en un hotel de tres estrellas. Hoy eso sería impensable: cuando el año pasado llevaron a Stefan Sagmeister, ya hablaban de vuelos en business y hoteles de otra categoría. Crecer de doscientos a mil asistentes obligó a profesionalizar cada detalle, incluido asumir el rol de director que tanto evitaban al principio. «Ya no estamos en la mesa de acreditaciones», resume David, «porque estamos a pie del cañón viendo que todo funcione.»
Ese equilibrio entre lo serio y lo festivo, que hoy es sello del festival, tampoco fue diseñado de entrada: nació de la vergüenza escénica. Como ninguno de los dos quería subir a presentar ponentes, metieron una banda tocando en vivo, al estilo de un late night televisivo. Funcionó tan bien que se quedó. «La música en vivo te levanta», dice David. «Una banda tocando rock en vivo enseguida te cambia el mood.» Con el mismo espíritu nació el «sorteo loco», una tradición que sacaron de cenas privadas entre diseñadores de la ciudad y que hoy usan como respiro entre la tarde y la noche, el tramo donde va la programación más fuerte.
Armar el cartel, explica David, empieza por trazar los perfiles que faltan (branding, dirección de arte, estrategia, público) y llenar esos huecos con nombres que van guardando durante todo el año, casi siempre encontrados en redes o recomendados por colegas. La paridad de género, dice sin esconderlo, no siempre existió: la primera edición fue casi enteramente masculina. Hoy es una norma no negociable.
En 2016 el festival dio el salto a Barcelona, primero a un teatro y después al Museo del Diseño, buscando una capacidad que Vilanova ya no podía darle. Ahí entendieron que la marca por sí sola no alcanzaba: alguien que nunca había pisado Blanc! no tenía forma de imaginar lo que se vivía adentro, esa mezcla de banda en vivo, rituales y sorpresas desde el primer minuto. Para resolverlo empezaron a llevar ediciones satélite de un día a Madrid y Valencia, una especie de Blanc! en miniatura con ponentes locales, pensadas como puerta de entrada hacia el evento grande de Barcelona. El plan cambió con la pandemia: en 2020 y 2021 el festival se mudó a un entorno virtual, con avatares personalizables y una lógica de videojuego para sostener, aunque fuera en pantalla, ese espíritu de encuentro. En 2022 volvieron a lo presencial, primero de nuevo en Vilanova durante cuatro años, y ahora vuelven a Barcelona, con la idea de sumar una sede propia en Madrid, ya no como satélite sino como evento equivalente. La razón, dice David, es que el diseño se vive distinto en cada ciudad: Barcelona concentra las principales escuelas y una cultura más creativa, mientras que Madrid, con la sede de las grandes empresas y consultoras, produce estudios con una mirada más orientada al negocio. Lo que más le gusta de mover el festival por el país es escuchar los acentos mezclados en una misma sala, y ver cómo Blanc! deja de asociarse solo con el diseño catalán para representar al diseño español en general.
Sobre lo que representa Blanc! más allá del evento, David no tiene una respuesta cerrada. Prefiere describir lo que le gustaría que la gente sienta: que sea el punto de encuentro físico de una profesión que se vive, muchas veces, en soledad. El freelance que trabaja desde casa, dice, no tiene con quién cruzar una idea en el día a día. «Lo que me gustaría que piense la gente es que Blanc es el punto de encuentro de la comunidad del diseño», resume, «y por punto de encuentro me refiero a un punto de encuentro físico.» Muchas veces, agrega, eso no pasa en una charla sino tomando una cerveza en un descanso.
La inteligencia artificial, cuenta, entró al festival sin que ellos la buscaran. No hubo una decisión editorial de darle espacio: a partir de 2023 y 2024, casi todas las conferencias, incluso las de estrategia de marca, incluso las que nada tenían que ver con diseño, empezaron a mencionarla por su cuenta. «No hay que forzar mucho para tener contenido relacionado con el evento», dice David, «porque ya todos lo estamos utilizando”.
El dinero para sostener todo esto llega por tres vías: la venta de entradas, el patrocinio de marcas y las subvenciones públicas, tanto regionales como del Ministerio de Cultura a nivel estatal.
Después de casi dos décadas, David asegura que sigue disfrutando el proceso más que el resultado. La broma que se repite entre él y Raúl es que jamás podrán asistir al festival de diseño que a ellos más les gustaría ver, porque siempre están trabajando detrás de escena mientras ocurre. «Mi sueño es que cuando acabe de organizar el evento y lleguen los días del festi, esos dos días, desconecte todo y lo disfrute», dice, y se ríe de sí mismo: «Imposible.» Lo que más le gusta es la dirección creativa, diseñar la experiencia del asistente desde que compra la entrada hasta que se va. Lo que menos, la producción del primer día, cuando todo lo que puede salir mal sale mal, antes de que el equipo encuentre su ritmo.
Le cuesta elegir un solo momento memorable, pero rescata dos. Uno, del año 2009, cuando unos ponentes disfrazaron a un compañero de personaje de videojuego y el público empezó a tirarle pelotas al escenario; los organizadores respondieron devolviéndolas, hasta que la charla se convirtió en una guerra de pelotas entre el público y el escenario. Esa noche entendieron que la barrera entre ambos podía romperse, y desde ahí empezaron a diseñar así, con esa lógica de participación. El otro momento fue más reciente, en una edición del ciclo Maestros del Blanc, cuando el diseñador español Cruz Novillo (autor, entre muchas otras piezas, del logo de Correos de España y del logo de Telefónica) dio una charla junto a su hijo, también diseñador y su socio de estudio. Cuando terminó, el hijo bajó del escenario para aplaudirlo y dijo frente a todos: «Para mí, Cruz Novillo es mi padre, pero también es mi ídolo, porque lo ha diseñado todo.» David lo recuerda como uno de los momentos más emotivos que ha visto en el festival.
A quien todavía duda si ir a Blanc!, David le insiste en que no hay excusa: la comunidad del diseño necesita el contacto físico que ninguna pantalla reemplaza, y el festival deja un «chute de inspiración» que muchos asistentes cargan durante meses al volver a sus proyectos. Sobre el futuro prefiere no aventurar demasiado. Dice que en diez años ni siquiera sabe cómo estará el mundo con la velocidad a la que avanza la inteligencia artificial, pero que en cinco le gustaría haber construido algo más simple y más difícil a la vez: «Una comunidad es eso que pasa cuando la marca no está», dice, y ahí es donde le gustaría que Blanc! haya sido el artífice: no una marca con seguidores, sino un grupo de personas que se sostenga incluso cuando el festival no está ocurriendo.




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