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Breve aproximación al fascinante y (no tan) desconocido mundo del Beat making chileno

Texto: Jonnathan Opazo Hernández

Fotografías: Guillermo Calderón Gacitúa

 

 

PRIMERO

“Los instrumentos musicales producen sonidos. Los compositores producen música. Los instrumentos musicales reproducen música. Los casetes, las radios, los reproductores de cedés, etcétera, reproducen sonido. Un fonógrafo en las manos de un hip hopero o scratcher con una aguja como uñeta, produce sonidos únicos: el tocadiscos se transforma en instrumento musical”.

Esto no lo digo yo. Lo dice John Oswald en “Plunderphonics, or Audio Piracy as a Compositional Prerogative”, una conferencia que dio en 1985.

Sí, en 1985.

Plunderphonics o plunderfonía –si es que posible traducir el término— vendría a significar algo así como “saqueo fónico”. Tomarse la música por asalto. Aunque el beat making aparece usualmente vinculado al hip hop, el fenómeno –sostenemos concienzudamente, golpeando la mesa y frunciendo el ceño— está mucho más vinculado a prácticas culturalmente delictuales ejecutadas por gente muy seria con nombres y apellidos serios. Karlheinz Stockhausen, Pierre Shaeffer, Luciano Berio, Delia Derbyshire. Etcétera.

 

 

OBJETO SONORO NO IDENTIFICADO

En 1977, la NASA envió al espacio dos sondas. En una de ellas, entre otras cosas, va una grabación de Johnny B. Goode de Chuck Berry. La sola idea de una canción de rock viajando en una sonda hacia los confines de la galaxia parece el argumento para una película de ciencia ficción. Una película que podría llevar, en distintos momentos, tracks de Cinturón Negro, Bagre, Polar y Flakodiablo.

Con base de operaciones en distintos lugares del territorio chileno, la música de estos saqueadores sonoros funciona como una gigante procesadora de carne, huesos y tripas. Entre sus armas de disección se encuentran algunas máquinas con nombres que nada dicen: Roland SP 404, Casio SK-1, Casio SK8. En las entrañas de esos equipos, como en las viejas calderas de los alquimistas, un inocente y cándido teclado jazzero es alterado, saturado, hauntologizado, hasta ser otra cosa.

“Lo que me marcó como productor fue el disco Entroducing…. de Dj Shadow, que fue más allá, subiendo un peldaño en lo que se refiere al gusto de encontrar joyas musicales en vinilo y descontextualizarlas para tu propia obra”, dice Héctor Aguilar, cerebro detrás de POLAR, que también forma parte del proyecto de música experimental Lluvia Ácida. Daniele, hombre tras las máquinas de Cinturón Negro, cita a Negativland, capos en el arte del collage sonoro. Ángelo Zavala (Flakodiablo), a Rjd2. Fernando Vidauzarraga (Bagre), a MF DOOM. Y podría seguir el namedropping.

El músico como cazador recolector, saqueador de naciones y asaltador de bancos. De ahí que, junto con mezclar y ensamblar piezas, los beatmakers se transformen en “diggers”: el arte de buscar discos, vinilos, música extraña con paletas sonoras que hagan de sus propios beats un acontecimiento para el espectador. Que pongan, en el decir de Ducasse, un paraguas y una máquina de coser en una máquina de disección.

 

 

AL DULCE CALOR DE UNA CINTA

“El formato cinta nos gusta mucho por la textura y color que adquiere el audio que contienen. Además, son muy personalizables y no es caro trabajarlo. Se pueden pintar, pegar stickers o lo que se te ocurra y así puedes obtener un objeto de arte. Me gusta llamarles ‘cápsulas del tiempo’” cuenta Zavala, que en 2016 fundó el sello Lunar Tapes junto a Daniel Cancino (Eggglub), que hasta la redacción de este artículo, cuenta con 6 producciones.

Para Daniele la base también es la accesibilidad del formato, el bajo costo, “pero no tiene nada que ver con esa estupidez relacionada con lo vintage ni retro ni coleccionista, que precisamente encuentro capitalista y fetichista”.

Cualquiera sea el motivo, la grabación en cintas poseen una cualidad espectral, fantasmagórica. “Grano, textura, opacidad / en vez del insidioso HD”, dice Germán Carrasco en un poema. En la dictadura de drones —¿habrá algo más feo que una toma que pretende totalizar el territorio? ¿no les basta con Google Maps?—, playas ridículamente bellas para turistas de Banco Falabella y la desidia clase medio culposa de cierto Trap ondero, cintas como Sic Temper Tyrannys de Cinturón Negro o Visiones de Flakodiablo instalan su oasis de sonidos saturados, boombaps de baja fidelidad que parecen un abrazo de arena tibia. El potlatch donde se queman todos los sonidos recolectados.

¿Y tú? ¿todavía vas a seguir creyendo en la originalidad o te vas a sumar a este bellísimo saqueo?